Para caer había muchos amigos que me ayudasen; para levantarme hallábame tan sola que ahora me espanto cómo no me estaba siempre caída, y alabo la misericordia de Dios que era sólo el que me daba la mano. (V.7,22)
Orantes - Contemplativas - Misioneras

El Carmelo Teresiano, expresión renovada del Carmelo, fue orientado por nuestra fundadora, santa Teresa de Jesús, para vivir el Evangelio como pequeñas comunidades fraternas, dedicadas en retiro y soledad, a la oración y contemplación, animadas y sostenidas por un fuerte sentido apostólico y misionero.

 

Teresa de Jesús, mujer excepcional, genial escritora, santa y Doctora de la Iglesia, recibió del Señor un don, un carisma, que ha enriquecido de modo singular la vida eclesial, proyectando una nueva y potente luz sobre el misterio de la relación entre Dios y el hombre.

 

Ella nos revela, a través de su propio itinerario espiritual, que somos morada de Dios vivo, que podemos relacionarnos con El en diálogo íntimo, profundo y amistoso, describiendo con riqueza de símbolos la belleza y dignidad del alma humana creada y dotada de capacidades infinitas para esta comunión con Dios.

 

El Origen del Carmelo Descalzo o Teresiano hay que buscarlo allí, en ese diálogo de Teresa de Jesús con el Dios-Hombre cuya presencia viva experimenta. Es Jesús que sufre en la historia, y a quien ella intenta de alguna manera ayudar. Los males de su tiempo se convierten para ella en desafío y le impulsan a profundizar en su ideal fundacional: no creará un recinto de tranquilidad para ella y sus monjas, sino un lugar de compromiso radical desde la misteriosa fuerza de la oración.

 

Por eso, la carmelita teresiana vive este misterio oracional como encuentro personal y amoroso con Jesús, “en quien reside la plenitud de la divinidad”; es Él quien da sentido a su estilo de vida y siembra en su corazón el amor universal y la necesidad de asociarse a la Redención de todos los hombres, comprometiendo su existencia en una vida de entrega, de fe, esperanza y amor.